Como voy a explicarle a la bicicleta que estoy llorando mientras andamos. Como siempre, me ha sucedido por terca; y en la privacía total del andar, de pedalear, de mover las piernas arriba, abajo, de violentos movimientos que se sincronizan al andar de una privatización que comienza al respirar y termina en los pujidos de dolor, de las gotas que corren por la cara y los mocos que se agrandan con el pesado aíre agitado. El suelo se despliega de una manera gloriosa. Los baches que estaban ahí, siguen estando, pero de vuelta ya no están. Se está muy ocupado pensando en necedades como para cachar los baches horrendos. Agachándose y poniendo la mano izquierda solamente en el volante y la derecha en los ojos, necios ojos.
Como si se pudiese elegir los momentos para llorar, como si uno eligiera llorar mientras licua la salsa o se aguanta las lagrimas hasta que el microondas timbre. Uno no ve llover y decide salir a llorar, eso no es cierto.
Todos nos quedaremos solos, pero a mi me queda la bicicleta roja y los poderes extraordinarios del silencio. Me pongo a recordar tu hablar elegante, tu manía por la perfección, pero aún así usar tus pantalones rotos. Pero a mí, ahora, me hace llorar el perrito que ladra al ver la bici rodar. El señor que me explica la mala sincronización de los semáforos de la ciudad. La luz roja, la luz verde. La calle de Salamanca, el carro azul con la estampita de Radiohead. El haberme distraído y llegar hasta la calle de Oaxaca y tener que preguntar como llegar. Tu mirada desde la azotea, el hecho que leas esto y digas, ese del que habla, soy yo y no digas nada.
El aíre frío que tanto necesite durante el día caluroso, está noche, mi bicicleta lo proporciona y me seca la nariz, me levanta el pelo, se lleva mis decisiones que sé, están bien. Entonces llega el arrepentimiento, el querer retornar la bicicleta y decir “Te quiero, idiota, entiéndelo. Sé que todos dicen que no eres lo mejor, pero yo de una manera terca no lo siento así. Te quiero y tontamente asumiría mi papel de mujer ante ti si me lo permites. Quisiera tomar tu mano cada que sientes que todo va mal. Quisiera tener el derecho de bofetear a todos los que se atreven a hablar mal de ti. Entiéndelo, estoy dispuesta a sacar de ti, lo mejor que guardas y ante todo, cada vez que que digas, besos, al final de un mensaje, me los cumplas… Entiéndelo idiota”.
Y no obstante, no hay retorno, no hay palabras. Jamás las hubo, sólo bicicletas y actos poco propios. ¡Qué maravilla terrible y que horrible ser humano que prefiere pedalear que sincerarse! Suave recorrer de la cadena ante mi. Sonidos que los destruye el viento. Llorar, llorar, llorar. Pasar las calles, los ejes. Decidir dar vuelta donde no lo hay. Noche compartida entre mis pedales y yo. El ritmo del cuerpo imitando una canción cuando no la hay. Y después, silencio. Después del silencio, delirio.
Jamás abandonaré este objeto. Necesito toda la valentía del mundo para darme cuenta que ya voy lejos de mi casa, que veo la ventana del hogar pasar y no decido quedarme. Que ya pase varias colonias, pero la gama de silencios permanece. Calma y tranquilidad que evitan que me preocupe por el retorno no realizado. Delicia perderse en este objeto deseado. Mi cuerpo mudo. Sólo este objeto hace de mí, una viajera dedicada e incesante.
Recorro desiertos, olas, hechos irremediables, campos grandes y sobre todo ya no tengo ganas de sentirme pequeña. Un trance polvoreado de deseos, de volver a ser, de irme sin quedarme. Aprender a escribir sin porqués, encender lámparas sin miedo. Todo existe.
Podría ser tan fácil, indicarle al cuerpo a realizar actos que provoquen realizaciones como éstas. ¿Quién iba a decir qué un objeto me iba a llevar tan lejos? No obstante, hay que parar. Y es ahí donde se desprende nuevamente, la ausencia, el llanto, el no querer caminar jamás.
Empezar a caminar y culpar a ese objeto. ¡Es tú culpa! ¿Por qué tuve qué hacer eso? ¿Por qué tuve que despedirme así? Yo no quería irme en la bicicleta, no es cierto. Yo quería quedarme.
¿Cuál bici? ¿Cuál siniestro delirio? Además, entiéndelo. Cualquiera que vaya en bicicleta, jamás tendrá prisa.