Violeta Violenta

La belleza conceptual lingüística y sobretodo textual de la confusión mental fotográfica.

En un cuarto “antiflojos”.

Quiero estár a tu lado, quiero que me beses de nuevo sin importar como me hago la difícil. Quiero que en la mañana te acerques a mi lado porque el sol interrumpe tu lado.

Si tan sólo quisieras lo que me da tanto miedo nombrar.

Me inquietan tus ojos, la manera en que dices mi nombre, tu forma tan peculiar de encerrarte en tu mundo y me encanta coincidir en canciones siempre.

Pero no existes y no sé por qué.

Llorando en bicicleta

polvoramx:

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Texto por: Daniela Acosta

Fotografía: Alexis mire 

Como voy a explicarle a la bicicleta que estoy llorando mientras andamos. Como siempre, me ha sucedido por terca; y en lo privado total del andar, de pedalear, de mover las piernas arriba, abajo, de violentos movimientos que se sincronizan al andar de una privatización que comienza al respirar y termina en pujidos de dolor, de gotas que corren por la cara y mocos que se agrandan con el pesado aíre agitado. 

El suelo se despliega de una manera gloriosa. Los baches que estaban ahí, siguen estando, pero de vuelta ya no están. Se está muy ocupado pensando en necedades como para cachar los baches horrendos. Agachándose y poniendo la mano izquierda solamente en el volante y la derecha en los ojos, necios ojos. Como si se pudiese elegir los momentos para llorar, como si uno eligiera llorar mientras licua la salsa o se aguanta las lágrimas hasta que el microondas timbre. Uno no ve llover y decide salir a llorar, eso no es cierto.

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El precipitado estudio sobre dirección de estrellas del pop que Brian había hecho le enseñó que hay una regla de oro para las jóvenes estrellas y aspirantes a estrella masculinos. Para ganarse la devoción de las jovencitas, deben aparecer accesibles, libres y sin compromiso, y estar así, en teoría, disponibles para todas y cada una de sus seguidoras… Aunque los cuatro Beatles tenían una activa vida sexual, por no llamarla hiperactiva, sólo John y Paul tenían novia fija: Cynthia Powell y Dot Rhone. Así que les dijeron a Cynthia y a Dor que ya no podían seguir yendo a las actuaciones de los Beatles y cuando menos se las viera en público con sus pretendientes, mejor. Como habían aprendido a ser obedientes y leales, ambas aceptaron la norma sin protesta.

—John Lennon

Llorando en Bicicleta.

Como voy a explicarle a la bicicleta que estoy llorando mientras andamos. Como siempre, me ha sucedido por terca; y en la privacía total del andar, de pedalear, de mover las piernas arriba, abajo, de violentos movimientos que se sincronizan al andar de una privatización que comienza al respirar y termina en los pujidos de dolor, de las gotas que corren por la cara y los mocos que se agrandan con el pesado aíre agitado. El suelo se despliega de una manera gloriosa. Los baches que estaban ahí, siguen estando, pero de vuelta ya no están. Se está muy ocupado pensando en necedades como para cachar los baches horrendos. Agachándose y poniendo la mano izquierda solamente en el volante y la derecha en los ojos, necios ojos.

Como si se pudiese elegir los momentos para llorar, como si uno eligiera llorar mientras licua la salsa o se aguanta las lagrimas hasta que el microondas timbre. Uno no ve llover y decide salir a llorar, eso no es cierto.

Todos nos quedaremos solos, pero a mi me queda la bicicleta roja y los poderes extraordinarios del silencio. Me pongo a recordar tu hablar elegante, tu manía por la perfección, pero aún así usar tus pantalones rotos. Pero a mí, ahora, me hace llorar el perrito que ladra al ver la bici rodar. El señor que me explica la mala sincronización de los semáforos de la ciudad. La luz roja, la luz verde. La calle de Salamanca, el carro azul con la estampita de Radiohead. El haberme distraído y llegar hasta la calle de Oaxaca y tener que preguntar como llegar. Tu mirada desde la azotea, el hecho que leas esto y digas, ese del que habla, soy yo y no digas nada.

El aíre frío que tanto necesite durante el día caluroso, está noche, mi bicicleta lo proporciona y me seca la nariz, me levanta el pelo, se lleva mis decisiones que sé, están bien. Entonces llega el arrepentimiento, el querer retornar la bicicleta y decir “Te quiero, idiota, entiéndelo. Sé que todos dicen que no eres lo mejor, pero yo de una manera terca no lo siento así. Te quiero y tontamente asumiría mi papel de mujer ante ti si me lo permites. Quisiera tomar tu mano cada que sientes que todo va mal. Quisiera tener el derecho de bofetear a todos los que se atreven a hablar mal de ti. Entiéndelo, estoy dispuesta a sacar de ti, lo mejor que guardas y ante todo, cada vez que que digas, besos, al final de un mensaje, me los cumplas… Entiéndelo idiota”.

Y no obstante, no hay retorno, no hay palabras. Jamás las hubo, sólo bicicletas y actos poco propios. ¡Qué maravilla terrible y que horrible ser humano que prefiere pedalear que sincerarse! Suave recorrer de la cadena ante mi. Sonidos que los destruye el viento. Llorar, llorar, llorar. Pasar las calles, los ejes. Decidir dar vuelta donde no lo hay. Noche compartida entre mis pedales y yo. El ritmo del cuerpo imitando una canción cuando no la hay. Y después, silencio. Después del silencio, delirio.

Jamás abandonaré este objeto. Necesito toda la valentía del mundo para darme cuenta que ya voy lejos de mi casa, que veo la ventana del hogar pasar y no decido quedarme. Que ya pase varias colonias, pero la gama de silencios permanece. Calma y tranquilidad que evitan que me preocupe por el retorno no realizado. Delicia perderse en este objeto deseado. Mi cuerpo mudo. Sólo este objeto hace de mí, una viajera dedicada e incesante.

Recorro desiertos, olas, hechos irremediables, campos grandes y sobre todo ya no tengo ganas de sentirme pequeña. Un trance polvoreado de deseos, de volver a ser, de irme sin quedarme. Aprender a escribir sin porqués, encender lámparas sin miedo. Todo existe.

Podría ser tan fácil, indicarle al cuerpo a realizar actos que provoquen realizaciones como éstas. ¿Quién iba a decir qué un objeto me iba a llevar tan lejos? No obstante, hay que parar. Y es ahí donde se desprende nuevamente, la ausencia, el llanto, el no querer caminar jamás.

Empezar a caminar y culpar a ese objeto. ¡Es tú culpa! ¿Por qué tuve qué hacer eso? ¿Por qué tuve que despedirme así? Yo no quería irme en la bicicleta, no es cierto. Yo quería quedarme.

¿Cuál bici? ¿Cuál siniestro delirio? Además, entiéndelo. Cualquiera que vaya en bicicleta, jamás tendrá prisa. 

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago
y cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco
con ese pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.

—Julio Cortázar

pólvora: Daniela Acosta - Fotografía

polvoramx:

(Chihuahua - D.F.)

Intento ser muchas cosas, pero primordialmente compongo fotos y acaricio palabras. Día a día le pido al mundo que mis sentimientos no me hagan vomitar. Soy del norte del país, del lado en donde piensas que es un malísimo y pérfido desierto. Lo que quiero ser, eran…